
En un contexto de renovadas tensiones y conversaciones diplomáticas indirectas, el gobierno de la República Islámica de Irán ha emitido una declaración firme y unívoca: no renunciará a su programa de enriquecimiento de uranio, derecho que considera indiscutible, incluso ante la posibilidad de un conflicto armado.
El ministro de Relaciones Exteriores, Abás Araqchí, afirmó durante su participación en el primer Congreso Nacional de Política Exterior y su Historia en Teherán, que Irán ha pagado “un precio muy alto” por mantener su programa nuclear con fines pacíficos y que continuará por ese camino. Sus declaraciones se producen dos días después de que delegados iraníes y estadounidenses retomaran negociaciones nucleares indirectas en Mascate, Omán, con la mediación del sultanato.
Una postura de firmeza y disposición al diálogo
“¿Por qué insistimos tanto en el enriquecimiento de uranio y nos negamos a renunciar a ello incluso si se nos impone una guerra? Porque nadie tiene derecho a dictar nuestra conducta”, manifestó Araqchí, según reportó la agencia estatal IRNA.
El jefe de la diplomacia iraní combinó mensajes de firmeza con una aparente apertura a la vía diplomática. Por un lado, aseguró que el aumento de la presencia militar estadounidense en la región, que incluye el envío del portaaviones USS Abraham Lincoln al golfo Pérsico, “no los intimida” y que el país está “listo para la guerra”. Por otro, reiteró la voluntad de Irán de “disipar las preocupaciones acerca del programa nuclear iraní de manera transparente y generar confianza” mediante el diálogo.
El programa nuclear como una “necesidad nacional”
Araqchí enfatizó que el programa atómico es una “necesidad nacional” para el desarrollo en áreas como la agricultura, la salud y las futuras necesidades energéticas. Negó categóricamente la búsqueda de un arma nuclear, declarando: “No buscamos una bomba nuclear, nuestra bomba es el poder de decir no a las grandes potencias”.
Esta postura fue respaldada por el presidente iraní, Masud Pezeshkian, quien calificó las recientes negociaciones como “un paso adelante”, pero reafirmó que Teherán no renunciará al enriquecimiento de uranio con fines pacíficos, un derecho que reclama como signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP).
Contexto de máxima presión interna y externa
Las declaraciones ocurren en uno de los momentos más complejos para la República Islámica en años recientes. Internamente, el país enfrenta las secuelas de las protestas masivas que comenzaron a finales de diciembre, cuya represión, según cifras de organizaciones opositoras como HRANA, habría dejado miles de muertos y decenas de miles de arrestos. La relatora especial de la ONU para Irán, Mai Sato, ha citado informes no verificados que sugieren una cifra potencialmente mayor de fallecidos.
Externamente, la administración del presidente estadounidense Donald Trump ha mantenido una política de “máxima presión”, que incluye sanciones económicas devastadoras, amenazas de acción militar directa y, recientemente, una orden ejecutiva para imponer aranceles a países que comercien con Irán. El despliegue del grupo de combate del USS Abraham Lincoln cerca de aguas iraníes es visto como una muestra de fuerza destinada a respaldar las demandas de Washington en la mesa de negociaciones.
La combinación de una crisis doméstica profunda y una presión internacional extrema configura un escenario delicado donde Teherán busca proyectar fortaleza y resistencia en torno a su programa nuclear, considerado un pilar de su soberanía y política exterior, mientras explora, de manera cautelosa, una salida diplomática a la confrontación.
