Un análisis reciente publicado en The Lancet Oncology advierte una transformación preocupante en el perfil del cáncer de mama. Aunque la enfermedad continúa asociada al envejecimiento, los diagnósticos en mujeres de entre 20 y 54 años han aumentado 29% desde 1990, mientras que la incidencia en mujeres mayores de 55 años se ha mantenido relativamente estable. Este contraste sugiere que los factores de riesgo están impactando de forma desproporcionada a generaciones más jóvenes.

Los especialistas señalan que este incremento responde a una combinación de factores, entre los que destacan hábitos de vida poco saludables —como una alimentación deficiente, el sedentarismo y el consumo de alcohol—, así como cambios reproductivos, en particular el retraso en la maternidad. A ello se suman exposiciones hormonales prolongadas y patrones metabólicos que podrían estar elevando el riesgo en edades tempranas.

Ante esta tendencia, las guías europeas de prevención ya recomiendan adelantar la edad de inicio de los programas de cribado, pasando de los 50 a los 45 años, con el objetivo de detectar tumores en etapas más tempranas y reducir la mortalidad. La medida cobra relevancia en un contexto donde las proyecciones estiman que los casos globales de cáncer de mama podrían alcanzar los 3.5 millones para 2050.

Los autores del estudio subrayan la urgencia de reforzar estrategias de prevención primaria, promover estilos de vida saludables y actualizar las políticas de detección para responder a un escenario epidemiológico en rápida evolución, especialmente entre mujeres jóvenes.