Un reportaje del diario Excélsior advierte que la obesidad no debe entenderse como un asunto estético, sino como una enfermedad con consecuencias graves para la salud, entre ellas la hipoxia, es decir, la disminución de oxígeno en la sangre. El exceso de glucosa, triglicéridos y colesterol en el torrente sanguíneo reduce la capacidad de transporte de oxígeno, lo que obliga al corazón a trabajar de manera forzada para irrigar al tejido adiposo, el cual, al ser masa viva, requiere un aporte constante de energía.

A largo plazo, esta deficiencia de oxigenación puede derivar en fatiga crónica, deterioro progresivo de órganos vitales e incluso insuficiencia cardiaca. Especialistas consultados subrayan que la obesidad debe tratarse con rigor médico y no normalizarse, ya que incluso personas que se encuentran en el límite del sobrepeso comienzan a producir sustancias perjudiciales para su organismo. La prevención, mediante chequeos médicos anuales y una alimentación equilibrada —con una proporción aproximada de 30% de proteína animal y 70% de vegetales—, resulta clave para evitar daños irreversibles como afectaciones a la memoria o lesiones orgánicas permanentes.