
Desde la captura de Nicolás Maduro en enero, la presidenta encargada enfrenta el desafío de mantener la lealtad de la base política mientras negocia con la administración Trump, que hoy controla las llaves de la economía venezolana
El 3 de enero de 2026 marcó un antes y un después en la historia política de Venezuela. Una operación relámpago de Estados Unidos en territorio venezolano resultó en la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, quienes fueron trasladados al Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, Nueva York, donde esperan juicio acusados de varios delitos, incluido narcotráfico, de los cuales se declaran inocentes .
En ese escenario de vacío de poder, quien hasta entonces era vicepresidenta, Delcy Rodríguez, asumió como presidenta encargada. Desde entonces, ha debido caminar sobre una delgada línea: mantener el discurso antiimperialista que exige la base chavista mientras negocia y cede ante las demandas de la administración de Donald Trump, que hoy tiene el control de facto sobre los recursos petroleros del país .
El dilema de la doble lealtad
La posición de Rodríguez es, cuando menos, paradójica. En sus apariciones públicas, la mandataria emplea un lenguaje profundamente arraigado en la izquierda latinoamericana, refiriéndose a Estados Unidos como una “potencia nuclear letal”, “invasor” e “imperialista” . En su primer discurso ante la Asamblea Nacional, el 16 de enero, criticó duramente la “expansión imperialista de Estados Unidos” .
Sin embargo, ese mismo día se reunió en Caracas con el entonces director de la CIA, John Ratcliffe . Días después, recibió al secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, con quien recorrió instalaciones petroleras . Más recientemente, sostuvo un encuentro con el secretario del Interior, Doug Burgum, con quien acordó una cooperación “sin límites” en materia energética y minera .
En su discurso del Estado de la Unión, Trump se refirió a Venezuela como “nuestro nuevo amigo y socio” y celebró la llegada de 80 millones de barriles de crudo venezolano . Rodríguez, por su parte, ha llamado a Trump “socio y amigo” y le ha pedido el cese definitivo del bloqueo, asegurando que Venezuela “nunca ha sido país enemigo” de Estados Unidos .
La amenaza latente
Detrás de esta aparente cordialidad, existe una presión constante. De acuerdo con información de Reuters, la Fiscalía de Miami prepara un borrador de acusación penal contra Rodríguez por presuntos cargos de corrupción y lavado de dinero . Este proyecto de acusación, que podría activarse si la mandataria deja de cumplir con las demandas de la Casa Blanca, se suma a la lista de al menos siete exfuncionarios chavistas que Estados Unidos quiere que sean arrestados en Venezuela para su posible extradición .
Christopher Sabatini, investigador principal sobre América Latina en el centro de estudios Chatham House, explica a BBC que la situación de Rodríguez es especialmente delicada: “También ha sido investigada por la DEA; no hay una condena, ni una recompensa por su cabeza, ni una acusación formal, pero esa amenaza ha estado presente. La amenaza es: ‘Tenemos pruebas sobre ti'” .
Carmen Beatriz Fernández, analista política venezolana y directora ejecutiva de DataStrategia, es más directa en su evaluación: “La legitimidad de Rodríguez está en la fuerza militar de EE.UU. Y durará todo lo que Trump quiera. No puede enfrentarse a él” .
El verdadero motor: el petróleo
El interés estadounidense en Venezuela tiene una motivación clara: los recursos energéticos. Bajo la administración de Rodríguez, se aprobó una reforma a la ley de hidrocarburos que permite la participación privada sin control estatal, allanando el camino para que compañías estadounidenses operen en el país .
Trump pasó de la presión sancionatoria a la administración directa de la caja petrolera, controlando los flujos a través del Tesoro y licencias de la OFAC. El objetivo declarado es garantizar que los recursos financien servicios básicos y seguridad, evitando desvíos masivos .
El equilibrio interno: los hermanos Rodríguez y el factor Cabello
Rodríguez no gobierna sola. Su hermano, Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, es su principal aliado político. Analistas describen a los hermanos como “un dragón de dos cabezas”, con una lealtad que apunta más al mantenimiento del poder mismo que a una ideología específica .
Sin embargo, debe manejar con cuidado a sectores de línea dura que aún conservan poder real. El más relevante es Diosdado Cabello, ministro de Interior, que controla a los colectivos, grupos paramilitares que han servido como tropas de choque para reprimir protestas. Cabello tiene una recompensa de 25 millones de dólares por su cabeza en Estados Unidos .
A pesar de la recompensa, Cabello y Rodríguez aparecen juntos en eventos públicos, mostrando una alianza que los analistas califican como necesaria pero incómoda. Sabatini describe la dinámica como un juego de “policía bueno y policía malo”: “Ella sabe que lo necesita para mantener a las fuerzas de seguridad de su lado. Mientras estas fuerzas no interfieran con el impulso de la presidenta para atraer inversores y a la mayoría de los elementos del gobierno Trump, Cabello cumple el propósito de la presidenta” .
Las señales de un nuevo rumbo
Desde que asumió la presidencia, Rodríguez ha impulsado cambios significativos. Además de la reforma petrolera, se aprobó una Ley de Amnistía que ha llevado a la liberación de numerosos políticos y activistas de derechos humanos que llevaban meses o incluso años encarcelados .
La oposición venezolana, sin embargo, sostiene que estas medidas solo se han tomado por la presión de Estados Unidos y señalan que muchos opositores aún permanecen en prisión. Organizaciones de derechos humanos también han criticado la ley por considerarla limitada en su alcance .
La realidad social: una población en espera
Mientras tanto, la población venezolana observa con cautela los cambios. Las cifras son contundentes: más de 7,9 millones de venezolanos han abandonado el país desde 2014, de los cuales 6,5 millones han sido contabilizados como refugiados por ACNUR . La inflación del país es la más alta del mundo y para 2024, el 86% de los venezolanos vivía en la pobreza, según el Observatorio Financiero Venezolano .
A mediados de 2025, la canasta alimentaria familiar, compuesta por 60 artículos de uso diario, costaba alrededor de 526 dólares, una cifra inalcanzable para la mayoría de los hogares .
Los venezolanos, golpeados por años de hiperinflación y crisis, esperan que la inversión estadounidense alivie la situación. Sin embargo, dado que Estados Unidos se ha centrado hasta ahora firmemente en la industria petrolera, aún no está claro cuánto, ni con qué rapidez, llegará al ciudadano promedio .
¿Hasta cuándo el equilibrio?
Todos los analistas consultados coinciden en que la presión de Estados Unidos sobre Venezuela y sobre Rodríguez es real y puede escalar. Ana Milagros Parra, politóloga venezolana, señala que las opciones para Washington podrían incluir una mayor intervención en territorio venezolano, más sanciones económicas y más bloqueos petroleros .
Sin embargo, también existe una lectura que otorga a Rodríguez cierto poder de negociación. Sabatini argumenta que Trump está políticamente comprometido con mostrar la salida de Maduro como un éxito: “Trump quiere que Venezuela siga en la senda que lleva ahora mismo; no quiere nada que contradiga la narrativa de que todo marcha sobre ruedas. Trump no quiere que, por así decirlo, el petróleo salpique por todas partes. Así que (Rodríguez) tiene cierta influencia sobre Trump, algo de lo que la mayoría de la gente parece no darse cuenta. No es solo una socia secundaria. Es una alianza más igualitaria de lo que Trump desearía” .
Pragmatismo como doctrina
Phil Gunson, analista senior del International Crisis Group, resume la esencia del momento político que vive Venezuela: “El chavismo es pragmático. Su principal objetivo es sobrevivir y mantener el poder y la riqueza” .
En palabras de Ana Milagros Parra: “Se doblan para no romperse” .
La pregunta que queda en el aire es hasta cuándo podrá mantenerse este equilibrio y si, en el proceso de doblarse, la estructura terminará por romperse definitivamente.
