
En la Central de Abasto, un taller mecánico en San Andrés Cholula y un autolavado en Cuautlancingo, tres mujeres poblanas demuestran que la fuerza no tiene género y que los oficios tradicionalmente considerados para hombres encuentran en ellas un nuevo rostro.
María Teresa Martínez, Laura Cortés y Jaqueline Estefanía desempeñan labores que durante décadas fueron territorio exclusivo de los hombres. Como cargadora, talachera y lava autos, respectivamente, forman parte de un sector laboral donde la presencia femenina era poco común, pero que hoy comienza a ser cada vez más visible.
En el marco del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, sus historias reflejan un cambio en la participación de las mujeres en actividades consideradas pesadas, convirtiéndolas en trincheras cotidianas contra el estereotipo. Para ellas, estar ahí no es solo una fuente de ingreso, sino una forma de demostrar que pueden realizar las mismas tareas, incluso con mejores resultados. Frente a los comentarios que cuestionan su fuerza o habilidad, responden con los resultados de su trabajo.
María Teresa, cargadora en la Central de Abasto
María Teresa Martínez García tiene 36 años y desde hace tres vive en Puebla. Nació en Veracruz, pero la falta de oportunidades laborales la obligó a dejar su estado de origen y viajar con su hija a la capital poblana en busca de un ingreso más estable. Hoy trabaja como cargadora en una empresa dedicada a la distribución de materia prima, un oficio que históricamente realizaron los hombres y que implica jornadas largas, esfuerzo físico constante y resistencia al calor.
“El cargar, el trabajar, sí es algo pesado. Para mí es un orgullo cargar, porque muchas trabajamos para llevar el sustento a nuestros hijos”, expresa mientras hace una pausa en la entrega de material en la Central de Abasto.
En la empresa donde labora, se encarga de cargar y descargar mercancía, acomodar cajas, llenar pedidos y, en ocasiones, realizar entregas en otros mercados o centros comerciales. Dependiendo de la demanda, puede realizar hasta 10 vueltas diarias. “Somos varios, pero a veces los hombres ya no quieren trabajar”, comenta.
El esfuerzo físico de subir rampas con mercancía pesada es parte de la rutina; a esto se suma el desgaste cuando la temperatura aumenta. “Muy poca gente te ayuda a subir las rampas. El hombre piensa que no puedes, pero sí puede uno salir adelante”, afirma.
Sobre el ambiente predominantemente masculino, asegura que la convivencia es llevadera, aunque reconoce que el lenguaje puede ser rudo y ha aprendido a manejarlo.
A pesar de este panorama, Teresa Martínez se describe como una mujer fuerte, impulsada por el deseo de sacar adelante a su hija de 11 años, quien se ha convertido en su principal motivación.
Aprovecha para lanzar un mensaje a otras mujeres: “Que salgan adelante, que no les impida nada. Nosotras somos luchadoras para sacar a nuestros hijos adelante”, concluye.
Laura Cortés, la talachera que tomó las riendas del negocio familiar
Laura Cortés Pineda se dedica desde hace varios años a la talachería, oficio que aprendió observando a su esposo, José Aquino. Aunque durante mucho tiempo se mantuvo alejada del taller, dedicada al hogar y a sus hijos, la necesidad de mantenerse ocupada y apoyar a su esposo la llevó a convertirse en talachera.
Aprendió mirando a José Aquino y a los trabajadores. Después, cuando ellos viajaban a capacitaciones a la Ciudad de México, decidió sumarse. Con el paso del tiempo, empezó a hacer talachas completas, aunque reconoce que no es sencillo.
“Es complicado porque vienen apretadas las tuercas, el gato pesa, pero con maña se pueden hacer las cosas”, opina.
En un ambiente históricamente masculino, Laura se abrió paso con paciencia. Al inicio, algunos clientes dudaban. “Llegaba uno y decía: ¿Usted me lo va a hacer? Es que está bien pesado. Y yo les decía que no tuvieran miedo, que lo iba a hacer bien”, refiere; los clientes, agrega, regresaban.
El panorama del taller cambió en noviembre pasado, cuando su esposo sufrió un infarto. Desde entonces, Laura tomó las riendas del negocio ante la necesidad de generar ingresos y el compromiso de mantener viva la talachería, ubicada en San Bernardino Tlaxcalancingo, en San Andrés Cholula.
Su historia con José está marcada por la reciprocidad. Hace 11 años ella estuvo gravemente enferma y fue él quien la cuidó día y noche; ahora, dice, le corresponde apoyarlo.
A quienes piensan que la talachería es demasiado pesada para una mujer, Laura les responde con hechos. “Es bonito, pero es pesado. No es trabajo para todos. Se necesita maña, esfuerzo y querer hacerlo”, comenta.
Jaqueline y el oficio familiar que aprendió desde pequeña
Jaqueline Estefanía tiene 27 años y es originaria del estado de Puebla. Desde pequeña creció entre cubetas, mangueras y motores encendidos, pues su familia, desde la generación de su abuelo, se dedica al lavado de autos; con el paso de los años, cada integrante fue abriendo su propio negocio, hasta llegar al local donde hoy trabaja junto a su esposo Emanuel.
“Desde los 14 años empecé a involucrarme; a mi abuelita le ayudaba a cobrar, porque ella ya era grande. Yo daba el cambio y así empecé”, recuerda. Tiempo después, cuando el trabajo se acumulaba, comenzó a apoyar también en el lavado.
“Se nos juntaba el trabajo y yo les ayudaba. Y ya ahorita, pues sí, ya yo lavo. Yo los veía desde chiquita; allá en mi casa estaba el lavado y pues veía cómo lo hacían y aprendí”, dice con naturalidad.
Su jornada inicia a las nueve de la mañana. Desayuna con su familia y luego abre el autolavado Memo —nombre en honor a su pequeño hijo—, ubicado en el municipio de Cuautlancingo. Mientras su esposo conecta el equipo y organiza lo necesario, ella comienza a aspirar los primeros vehículos.
A lo largo del día puede lavar entre siete y ocho autos, aunque los fines de semana la cifra puede superar la decena, pues sábado y domingo son los días de mayor demanda.
Cuando los clientes la ven trabajar, algunos todavía se sorprenden, pero después de ver su trabajo regresan a buscarla directamente. “Dicen que yo se los lavo mejor que los otros”, afirma.
Para Jaqueline, desempeñar un oficio donde predominan los hombres no ha sido complicado, en parte porque siempre ha estado rodeada de su familia. Nunca ha trabajado en otro lugar que no sea el negocio familiar.
Sobre la participación de mujeres en este tipo de espacios, considera que cada vez es más común. “Ahorita ya hay muchos. Un sobrino mío abrió otro y también le ayuda su esposa. Y aquí en la zona también hay mujeres trabajando. Ya todas las mujeres trabajan en todo, ya no nada más es en los hombres”, apunta.
Para Jaqueline, el 8 de marzo es un día que evidencia la lucha de las mujeres en diferentes ámbitos. “Hay muchas cosas que dicen que no podemos hacer. Y muchas cosas nosotros las podemos hacer mejor que los hombres”, finaliza.
