
¿Cómo compartir una noticia poco alentadora? ¿Con una metáfora? ¿Con una mentira? Yo prefiero hacerlo desde la fantasía, abriendo un espacio para que la mente construya imágenes increíbles, lo más esperanzadoras y poéticas posibles. Y es que hay historias ambientales que te hacen sentir que mañana, con tan solo tu voluntad, podrías cambiar el mundo entero.
Una de ellas que me parece increíble y es de mis favoritas es el cataclismo de Damocles, como la llamó Gabriel García Márquez en su discurso del Nobel. Esa espada suspendida sobre nuestras cabezas define con precisión la crisis ambiental: un riesgo inminente, sostenido apenas por un hilo frágil. ¿Puedes imaginar que esa intensa fatalidad es creada por nosotros mismos? Cada decisión humana lo tensa o lo afloja. Y en esa dinámica, la literatura no solo advierte del peligro, también nos permite imaginar que la espada no cae, que siempre estamos a tiempo de transformarla en un puente hacia un futuro distinto.
Pero, ¿y los animales? Una historia que me atrapó y me hizo sentir una culpa inmensa es la de Un tlacuache salvó este libro del fuego, de Daniela Guzmán [aprovechen que es de libre descarga], Ahí, un jaguar que camina hacia la extinción y un tlacuache que carga con la culpa de haber robado el fuego nos muestran un mundo donde la selva se achica, el cielo se llena de humo y parece que todo está perdido. Lo fuerte del relato es que, en medio de esa desgracia, el tlacuache decide rescatar los libros, como si la memoria fuera lo último que no debemos dejar morir. Y leerlo duele, porque te das cuenta de que esa culpa también es nuestra.
También pienso en Walt Whitman y su Canto de mí mismo. Ahí la naturaleza no es un adorno, es la esencia de disfrutar la vida. Whitman se maravilla con lo más simple: un manojo de hierba, el canto de un ave, la calma de los ríos. Todo le sirve para recordarnos que somos parte de lo mismo, que no hay separación entre el ser humano y la tierra. Me gusta cómo describe a los animales, sin apariencias, viviendo sin culpas, como si fueran ejemplo de la armonía que hemos perdido. Esa manera de mirar lo cotidiano con tanta esperanza es también una invitación a tratar de reconciliarnos con lo que nos rodea antes de que desaparezca.
Y en medio de todo esto viene ese golpe de realidad: la Semana del Clima en Nueva York pasó con más promesas que compromisos. México estuvo presente con la secretaria Alicia Bárcena, pero ahí radica lo desesperanzador: se habló de transición, de compromisos, de protección, pero esto se contrasta con la realidad. Depredamos la naturaleza para construir megaproyectos bajo el discurso del progreso y se recorta la protección ambiental bajo la bandera de supuestas prioridades estratégicas.
Quizá ahí radica la relevancia de volver a la literatura. Porque cuando los discursos oficiales se llenan de promesas vacías y las políticas ambientales parecen más débiles que nunca, los relatos nos abren otra posibilidad: imaginar un futuro distinto. Whitman con su hierba, el tlacuache con su terquedad de salvar libros, y García Márquez con su esperanza siempre presente, nos recuerdan que no todo está perdido. La literatura no es evadir, es un refugio y un lugar desde donde podemos soñar con otro mundo y, al soñarlo, empezar a defenderlo en la realidad.
