
Doña Rosa Ramírez Lozano, comerciante emblemática del centro comercial La Fayuca, lleva más de cuatro décadas siendo parte fundamental de las tradiciones navideñas de miles de familias poblanas.
Para muchas generaciones de poblanos, la temporada navideña está indisolublemente ligada a la figura de doña Rosa Ramírez Lozano, conocida cariñosamente como “Abuelita Rosa”. A sus 78 años, esta comerciante continúa siendo un pilar en el centro comercial Jorge Murad Macluf (La Fayuca), donde desde 1986 ha vendido nacimientos, figuras de barro, pastores y toda clase de adornos que iluminan los hogares durante diciembre.
Su historia es un testimonio de resiliencia y trabajo familiar. Antes de establecerse en La Fayuca, doña Rosita acompañaba a sus padres, don Isaac y doña Rufina, en la venta ambulante de artículos varios por pueblos y calles del estado. “Dormíamos en la banqueta, junto a las cajas”, recuerda sobre aquellos años de sacrificio, que forjaron en ella valores de esfuerzo y dignidad. La familia se asentó primero en el Centro Histórico de Puebla, vendiendo en la 5 de Mayo y posteriormente en la 6 Poniente, antes de ser parte del grupo fundador que transformó un predio baldío en el actual centro comercial.

Hoy, tres generaciones de su familia –incluyendo a su hija, nietos y bisnietos– la acompañan en el negocio, que opera con una ética inquebrantable. Doña Rosita no fabrica las piezas, sino que las adquiere a proveedores de confianza, a quienes paga “hasta enero, cuando terminan las ventas fuertes”, un sistema basado en la honradez que mantiene desde hace décadas. Aunque durante el año vende cinturones y artículos similares, diciembre es su temporalia especial, cuando su local se transforma en un rincón lleno de color y tradición.
Más allá de su labor como comerciante, doña Rosita es un líder respetada dentro del centro comercial, donde forma parte de la mesa directiva y aboga constantemente por mejoras en iluminación, seguridad y servicios. Su carácter firme y su trayectoria la han convertido en una voz autorizada entre sus colegas.
A pesar de haber enfrentado pérdidas dolorosas, como la muerte de su esposo hace 14 años, doña Rosita conserva un profundo agradecimiento por la vida que el trabajo le ha permitido construir. “Soy pobre, pero soy muy feliz”, afirma, considerando a su familia unida y a sus clientes leales como su mayor riqueza. Muchos de ellos, algunos llegados desde otros estados, la buscan cada año no solo para comprar, sino para saludarla y recordar con ella la esencia de una Navidad poblana que, durante más de 40 años, ella ha ayudado a conservar.
