Septiembre no solo es el mes patrio, también es un recordatorio de los devastadores terremotos ocurridos el 19 de septiembre de 1985 y 2017, que marcaron la memoria colectiva del país. Para fortalecer la cultura de prevención, en México se realizan simulacros periódicos acompañados de la alerta sísmica, un sonido estridente que advierte sobre un sismo de gran magnitud.

Este sistema, desarrollado por el Centro de Instrumentación y Registro Sísmico (CIRES) en 1991, opera a través de la Red de Alerta Sísmica Mexicana (SASMEX) y se nutre de sensores instalados en estados como Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Colima, Puebla y Jalisco. Aunque otorga segundos cruciales para resguardarse, su activación provoca tensión y miedo, sobre todo en comunidades con recuerdos de terremotos pasados.

El psicólogo Miguel Bustos Patiño, del Consejo Ciudadano, señala que la alerta activa respuestas emocionales y físicas intensas, ligadas a experiencias traumáticas. Entre los síntomas más comunes están la sudoración, taquicardia, temblores, confusión e incluso bloqueos de memoria. “El miedo es normal y responde a un sistema de supervivencia, pero en algunos casos se convierte en una reacción desproporcionada que afecta la vida diaria”, advierte.

En este sentido, expertos llaman a no minimizar el impacto emocional que la alerta puede generar, pues detrás de cada sonido se activa no solo un protocolo de seguridad, sino también la memoria colectiva de un país que ha vivido el dolor de los sismos