El despido del comediante Jimmy Kimmel, una de las figuras más reconocidas de la televisión estadounidense, generó una ola de reacciones encontradas: indignación en sectores progresistas y celebración en la derecha conservadora, encabezada por el presidente Donald Trump.

La decisión de la cadena ABC, tomada tras un polémico comentario de Kimmel sobre el asesinato del activista conservador Charlie Kirk, ha reabierto el debate sobre la libertad de prensa y de expresión en Estados Unidos.

Trump, de visita en Gran Bretaña, aplaudió la salida de Kimmel asegurando que no se trató de censura, sino de “falta de talento”. El mandatario republicano, que mantiene una relación compleja con los medios, anunció además una demanda por 15 mil millones de dólares contra el New York Times, sumando este pleito a una larga lista de litigios contra medios como ABC, Paramount y el Wall Street Journal.

Desde el otro frente político, el expresidente Barack Obama acusó a la administración actual de llevar la “cultura de la cancelación” a un “nivel nuevo y peligroso” al presionar para que periodistas y comentaristas críticos sean despedidos.

La controversia ocurre en un escenario de fuerte transformación en la industria televisiva. El también humorista Stephen Colbert anunció la salida de The Late Show en CBS, mientras cadenas como Nexstar y Tegna avanzan en una fusión de 6,200 millones de dólares, que requiere autorización de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC).

En paralelo, casos como el del conservador Tucker Carlson, despedido de Fox News en 2023 y relanzado en YouTube, evidencian el cambio de paradigma mediático hacia plataformas digitales y redes sociales. El despido de Kimmel, más allá del choque político, se inscribe en este contexto de guerra cultural y reacomodo del negocio televisivo en Estados Unidos.