México se consolida como el principal productor mundial de aguacate, con una participación del 28% del mercado global. Sin embargo, este éxito conlleva graves consecuencias ambientales, según un análisis realizado por especialistas del Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental de la Escuela Nacional de Estudios Superiores (ENES) Morelia de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

El estudio documenta que la superficie dedicada al cultivo de aguacate en Michoacán, estado que concentra la mayor parte de la producción nacional, se multiplicó por veinte entre 1974 y 2024, pasando de 13,045 hectáreas a 266,109 hectáreas. Esta expansión acelerada ha generado una severa deforestación, transformando extensas áreas de bosque en terrenos agrícolas.

La investigación, elaborada por los especialistas Luis Miguel Morales, Luis Andrés Espino, Azul Dueñas, Jairo López Paz Coba, Gabriela Cuevas y Alejandro Reyes, utilizó fotografías aéreas e imágenes satelitales de alta resolución para analizar la evolución del cambio de uso de suelo. Los mapas comparativos revelan que, mientras entre 1974 y 1995 la expansión anual promedio fue de 2,166 hectáreas, en el periodo posterior la tasa se aceleró drásticamente, alcanzando un pico de más de 10,000 hectáreas anuales entre 2011 y 2018.

Los expertos advierten que esta transformación del paisaje genera problemas ambientales críticos, entre los que destacan la pérdida de cobertura forestal, la alteración de los ciclos hídricos —contribuyendo a la escasez de agua en la región— y posibles impactos en la salud pública derivados del uso intensivo de agroquímicos.

El contexto de consumo internacional agrava la presión. Tan solo durante el último Supertazón en Estados Unidos, se consumieron más de 125,000 toneladas de aguacate mexicano, reflejando la alta demanda que impulsa la expansión del cultivo.

El análisis concluye que, si bien la industria del aguacate representa una importante fuente de ingresos económicos, su crecimiento sin una regulación adecuada y sin criterios de sostenibilidad pone en riesgo la viabilidad ambiental a largo plazo de las regiones productoras. Los investigadores subrayan la necesidad de implementar políticas de ordenamiento territorial y prácticas agrícolas sustentables para equilibrar la producción con la conservación de los ecosistemas.