
Un equipo de científicos liderado por la Universidad de Stanford en Estados Unidos descubrió que las bacterias que habitan el intestino pueden modificar la memoria y la capacidad de aprender a medida que avanza la edad, según un estudio publicado en la revista Nature.
El trabajo, realizado por investigadores de Stanford Medicine y el Instituto Arc, reveló que el intestino, a través del nervio vago, tiene un papel protagónico en la memoria y el envejecimiento, un mecanismo que hasta hace poco era casi desconocido para la medicina.
El experimento con ratones
Los investigadores pusieron ratones jóvenes y viejos a convivir en los mismos habitáculos. Un mes después, los animales de menos edad ya presentaban un microbioma similar al de los mayores y, como ellos, tenían también problemas de memoria, como dificultad para identificar objetos o recordar lugares.
El cambio se relacionó directamente con la composición bacteriana del intestino, marcando una diferencia clave entre un envejecimiento saludable y uno con deterioro cognitivo. Los resultados sorprendieron a los investigadores por la rapidez del efecto.
La bacteria responsable
Dentro del intestino, una bacteria llamada Parabacteroides goldsteinii se volvió protagonista: su aumento en los ratones viejos se asoció con una caída en el rendimiento mental. Cuando los científicos la trasplantaron a ratones jóvenes, estos también empezaron a olvidar y a perder curiosidad por los objetos nuevos, mostrando así el impacto profundo que puede tener un solo microorganismo.
El mecanismo es el siguiente: Parabacteroides goldsteinii produce ácidos grasos de cadena media que activan células inmunitarias en el intestino. Estas células disparan una respuesta inflamatoria que bloquea el funcionamiento del nervio vago y reduce la actividad del hipocampo, la zona del cerebro donde se forman los recuerdos duraderos. El resultado es una memoria empañada y más torpeza para aprender cosas nuevas.
Confirmación experimental
El experimento fue más allá: ratones criados en ambientes sin gérmenes, es decir, sin bacterias intestinales, no presentaron pérdida de memoria al envejecer. Pero si se les trasplantaban bacterias de ratones viejos, el deterioro aparecía enseguida. Al tratar a los ratones con antibióticos de amplio espectro, la memoria y la agilidad mental regresaban, confirmando que el microbioma era el factor decisivo.
Posibles intervenciones terapéuticas
Los científicos probaron dos intervenciones que podrían ser trasladables a humanos en el futuro. La primera son los fagos, virus especializados en eliminar bacterias, que en los experimentos barrieron selectivamente a las Parabacteroides goldsteinii y mejoraron la memoria de los ratones. La segunda es la estimulación del nervio vago con una molécula específica, que restauró la capacidad de recordar en ratones viejos hasta niveles comparables con los jóvenes.
Christoph Thaiss, inmunólogo de Stanford y autor principal del estudio, explicó en Nature: “A medida que envejecemos, necesitamos cosas como anteojos y audífonos. Así como el envejecimiento causa una disminución de la percepción sensorial del mundo exterior, también podría estar causando una pérdida de la percepción de señales internas”.
Implicaciones y advertencias
Aunque la investigación se realizó en ratones, los autores indagan si el mismo mecanismo se da en humanos. La estimulación del nervio vago ya se utiliza en terapias para depresión y epilepsia, lo que abre la puerta a nuevas formas de proteger la memoria en el futuro.
Pablo A. López, médico especialista en neurología del Hospital Alemán y magíster en neuroinmunología, explicó a Infobae: “Este nuevo trabajo en ratones muestra un mecanismo muy convincente por el cual ciertas bacterias intestinales podrían contribuir a la pérdida de memoria durante el envejecimiento, y abre la puerta a posibles tratamientos innovadores”.
Sin embargo, aclaró: “No estamos cerca de contar con una solución lista para aplicar en personas mayores. Primero hay que demostrar que ese mecanismo también existe y tiene relevancia en humanos, identificar qué pacientes podrían beneficiarse, y comprobar en ensayos clínicos que intervenir sobre la microbiota realmente preserva la memoria a largo plazo”.
Mireia Vallès-Colomer, experta en microbioma de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, señaló que “por ahora hablamos solo de resultados en ratones, cuyo microbioma y memoria funciona de una forma muy diferente a la de los humanos”, aunque destacó que “es un trabajo importante porque demuestra cómo el microbioma puede afectar la memoria y que estos efectos son transmisibles”.
Colaboración y financiamiento
En el estudio también colaboraron investigadores del Monell Chemical Senses Center, la University of California en Irvine, el University College Cork, Calico Life Sciences y el Hospital de Niños de Filadelfia. La investigación fue financiada por fundaciones científicas y organismos públicos.
Los hallazgos suman una nueva dimensión al cuidado de la memoria: mantener un microbioma equilibrado podría ser tan importante como ejercitar el cerebro en la prevención del deterioro cognitivo asociado a la edad.
