
Investigadores identifican altos niveles de vulnerabilidad en la zona norte del polígono, donde la carencia de servicios y la pobreza contrastan con el esplendor arquitectónico del primer cuadro de la ciudad.
A escasas calles del zócalo de Puebla, donde el flujo turístico y la actividad comercial son intensos, existe una realidad contrastante: siete de los 14 barrios originarios del Centro Histórico enfrentan un elevado rezago social. Así lo revela un estudio realizado por investigadores de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), publicado en la revista académica Academia Journals.
El análisis, elaborado por Miguel Ángel Pérez Cuautle, doctor en Procesos Territoriales, y Norma Leticia Ramírez Rosete, maestra en Ordenamiento Territorial, evidencia que la vulnerabilidad en el cuadrante norte del polígono se traduce en degradación del entorno, carencia de servicios básicos urbanos y altas tasas de pobreza, desigualdad y desintegración social.
Los barrios con mayor vulnerabilidad
De acuerdo con la evaluación geoestadística basada en los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), los siete barrios con mayor vulnerabilidad son:
- Santa Anita
- El Refugio
- San Antonio
- La Luz
- San Pablo de los Frailes
- El Alto
- Xanenetla
Para determinar estos resultados, los investigadores calcularon el Índice de Marginación Urbana (IMU), un parámetro elaborado por el Consejo Nacional de Población (Conapo) que mide las carencias socioeconómicas en áreas específicas. Los rubros analizados incluyeron educación, empleo, condiciones de los hogares y vivienda, salud, seguridad social y características de la población.
Los datos obtenidos son contundentes: todos estos barrios presentan el IMU más bajo en todo el Centro Histórico, sin superar un índice de 150, lo que pone en evidencia sus múltiples carencias. Entre ellos, El Refugio es el que tiene el menor número de habitantes, con solo 159 personas, seguido de Santa Anita con 619, San Antonio con 638, La Luz con 719 y El Alto con mil 722 personas.
Un contraste marcado entre el norte y el sur
El estudio revela una clara división socioespacial dentro del polígono del Centro Histórico. Mientras los barrios del norte enfrentan mayores brechas de desigualdad y vulnerabilidad, los del sur presentan condiciones significativamente mejores.
Barrios como El Carmen, Santiago, San Sebastián, Analco, San Miguelito, La Acocota y Los Remedios fueron catalogados con vulnerabilidad mínima, lo que confirma que la calidad de vida y el acceso a servicios mejoran considerablemente en el cuadrante sur del polígono.
Entre el arraigo y el abandono: el testimonio de los habitantes
Más allá de las estadísticas, el estudio recoge el testimonio de vecinos que han vivido décadas en estos barrios y que se sienten olvidados por las autoridades, pese al invaluable valor cultural que representan.
Arturo Ramírez Romero, residente de Xanenetla desde hace 68 años, recuerda una infancia marcada por la imaginación y la carencia. “Teníamos mucha imaginación para poder jugar, no teníamos dinero”, relata desde su vivienda. Durante años, la alfarería fue el sustento de muchas familias, que debían cruzar el antiguo río de San Francisco (hoy Bulevar 5 de Mayo) para vender sus productos.
Con el tiempo, las fábricas textiles se asentaron en la zona, y los habitantes combinaron el trabajo formal con la alfarería. Sin embargo, el paso de las décadas no ha traído mejoras sustanciales. Los vecinos coinciden en que, aunque la recolección de basura y el suministro de agua funcionan de manera aceptable (con servicio de dos a cuatro veces por semana), la seguridad sigue siendo una asignatura pendiente.
Gloria Guevara Cabañas, quien ha vivido siete décadas en el barrio de El Alto, lamenta la pérdida de esplendor de la zona desde el entubamiento del río en 1963 y el descuido en la preservación del espacio público. “Ahora miren nomás cómo quedó. (Hemos sido) olvidados”, expresa mientras señala juegos infantiles destruidos y construcciones abandonadas en su entorno.
La inseguridad es uno de los principales reclamos. Vecinos de la tercera edad, como María del Carmen, quien decidió quedarse y formar su familia en el barrio, señalan que la vigilancia es insuficiente. “Ya no hay seguridad, llamamos a la patrulla y ni viene”, denuncia. En su caso, ha optado por instalar una cámara de seguridad en su fachada para protegerse, ya que vive sola con su esposo.
La transformación del tejido social
Los habitantes también observan con preocupación la transformación de sus comunidades. Tradiciones como la celebración del Día de la Cruz el 3 de mayo, que incluía carreras de costales y eventos para niños, han ido desapareciendo. “Las tradiciones de antes han cambiado mucho”, comenta María del Carmen.
Además, la migración de la población originaria hacia viviendas de interés social ha modificado la composición de los barrios. Muchas casas han sido adquiridas por empresas que las transforman en hoteles, y es común observar letreros de terrenos en venta.
El estudio de la BUAP evidencia una realidad que contrasta con la imagen turística del Centro Histórico: a unas cuantas calles de los restaurantes y las tiendas, la pobreza, la inseguridad y el olvido institucional marcan la vida cotidiana de cientos de familias que, pese a todo, mantienen vivo el arraigo y la identidad de sus barrios.
