
Irán atraviesa una de las crisis internas más graves en décadas, con estimaciones que apuntan a miles de muertos tras dos semanas de protestas masivas y una severa represión por parte de las autoridades. Un funcionario iraní reconoció, por primera vez, que el número de víctimas mortales podría rondar los 2.000 fallecidos, en una estimación que incluiría tanto a manifestantes como a personal de seguridad. Esta cifra, que según varios analistas es probablemente muy inferior a la realidad, marca una escalada sin precedentes en la violencia empleada contra la disidencia civil desde la Revolución Islámica de 1979.
Las protestas, que comenzaron el 28 de diciembre de 2025 en el Gran Bazar de Teherán como respuesta al colapso económico y la hiperinflación, rápidamente se transformaron en un movimiento político nacional que exige el fin de la República Islámica. En los últimos días, la crisis se ha visto agravada por una serie de factores que la diferencian de levantamientos anteriores: una represión letal más extensa y rápida, el resurgimiento de figuras opositoras en el exilio, la amenaza de intervención estadounidense y la imposición de un apagón de comunicaciones que ha sumido al país en la más estricta oscuridad informativa.
Apagón informativo y una represión de extrema dureza
Una de las características más definitorias de la actual crisis es el bloqueo casi total de internet y comunicaciones que las autoridades iraníes han mantenido durante cinco días consecutivos. Según NetBlocks, una organización de ciberseguridad, este tipo de apagones nacionales son “la estrategia habitual del régimen cuando está a punto de usar la fuerza letal contra los manifestantes”, con el objetivo de impedir el flujo de información hacia el exterior y limitar el escrutinio internacional.
Pese al bloqueo, han surgido videos e informes que documentan la violencia extrema desplegada por las fuerzas de seguridad. Un video verificado por CBS News muestra las instalaciones de una morgue en las afueras de Teherán con cientos de cuerpos, lo que sugiere una magnitud de la tragedia mucho mayor a la reportada. Testigos en contacto con la BBC describieron escenas similares, afirmando que “las calles están llenas de sangre” y que los trabajadores municipales se apresuran a limpiar antes del amanecer. Organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han documentado el uso ilegítimo de rifles, escopetas de perdigones y gas lacrimógeno contra manifestantes en gran medida pacíficos, con disparos dirigidos a la cabeza y el torso.
Debido a las severas restricciones, las estimaciones sobre víctimas varían enormemente y se consideran conservadoras. Los datos oficiales del gobierno brillan por su ausencia. Las cifras que circulan incluyen:
La respuesta internacional y el factor estadounidense
La crisis ha desencadenado una respuesta internacional coordinada de condena y presión. Varios países europeos, incluyendo Alemania, Francia, Bélgica e Italia, han convocado a los embajadores iraníes para protestar por la represión, y la Unión Europea está considerando imponer nuevas sanciones sectoriales contra Teherán.
Sin embargo, la postura de Estados Unidos introduce una variable de mayor incertidumbre. El presidente Donald Trump, después de amenazar en varias ocasiones con una intervención militar, anunció el 13 de enero que cancelaba todas las reuniones con funcionarios iraníes hasta que cese la violencia, asegurando a los manifestantes que “la ayuda está en camino” sin especificar en qué consistiría. Simultáneamente, impuso un arancel del 25% a los países que hagan negocios con Irán, una medida que afectaría principalmente a China, principal socio comercial de Teherán. El gobierno iraní, por su parte, ha declarado que está “listo para la guerra” pero también para negociar, culpando abiertamente a EE.UU. e Israel de entrenar a “terroristas” para desestabilizar el país.
Una crisis con raíces económicas y demandas políticas radicales
A diferencia de la ola de protestas de 2022, desencadenada por la muerte de Mahsa Amini, las actuales movilizaciones nacieron de un profundo descontento económico. La caída en picado del rial iraní, una inflación que supera el 70% en alimentos básicos y el deterioro generalizado de las condiciones de vida fueron el detonante.
Con una velocidad sorprendente, las demandas se radicalizaron. Los cánticos en las calles evolucionaron rápidamente hacia consignas como “¡Muerte al dictador!”, exigiendo directamente la destitución del líder supremo, el ayatolá Ali Khamenei. Un factor que distingue estas protestas es la influencia visible de figuras opositoras en el exilio, particularmente Reza Pahlavi, hijo del último sha de Irán. Sus llamamientos a la movilización han sido ampliamente compartidos y han dado a una parte de los manifestantes un foco simbólico de oposición.
Irán se encuentra en una encrucijada histórica. La combinación de una crisis económica profunda, una represión de una escala y brutalidad inéditas, y la amenaza de una confrontación internacional ha creado una tormenta perfecta cuyo desenlace es aún incierto. La prioridad inmediata para observadores y organizaciones de derechos humanos sigue siendo romper el cerco informativo para conocer la verdadera dimensión de la tragedia humana que se vive dentro de sus fronteras.
