Miles de devotos, principalmente de Chiapas, atraviesan la entidad en medio del tráfico, el frío y el peligro para cumplir sus promesas guadalupanas. Algunos grupos invierten hasta 80 mil pesos en la travesía anual.

Cada diciembre, la imagen de la Virgen de Guadalupe se convierte en una presencia constante en la autopista México-Puebla, transportada en camiones, cargada por corredores o bordada en la ropa de quienes avanzan a pie con antorchas encendidas. Desde el 1 de diciembre, miles de peregrinos, muchos provenientes de Chiapas, atraviesan el estado en su camino hacia la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México, exponiéndose a riesgos como el tráfico pesado, la falta de visibilidad y el cansancio extremo.

Uno de estos devotos es Antonio, un agricultor de 29 años originario de Tapachula, Chiapas, quien a los 15 años inició esta tradición. Ahora, integrado en un grupo de 21 corredores, recorre la autopista de regreso a su estado tras haber cumplido su promesa en la Basílica. “No le pedimos algo económico, sino una estabilidad personal, una paz interior y una espiritualidad inquebrantable”, comparte Antonio, quien después de seis años de ausencia retomó la peregrinación en 2025.

El peligro es una sombra constante. Antonio relata que el mayor riesgo es circular a pie entre tráileres y conductores fatigados, especialmente de noche. Su fe se fortalece con una anécdota vivida: la imagen de una virgen “peregrina” que llevan en su camioneta de apoyo –rescatada de la basura y con falta de la figura de Juan Diego– sobrevivió intacta a un accidente con un tráiler, sin que nadie resultara gravemente herido. Para ellos, es un símbolo de protección divina.

A pocos kilómetros, Bernardo, de 50 años y natural de Ixtacomitán, Chiapas, avanza acompañado por su hija de 12 años, la integrante más joven de su grupo. Tras cinco años sin realizarla, retomó la peregrinación con el temor principal puesto en los automóviles que circulan a alta velocidad. “Los accidentes automovilísticos son su mayor temor”, afirma, luego de haber presenciado varios siniestros en trayectos anteriores.

La logística y el costo económico de la peregrinación son considerables. Meses antes, los grupos organizan ventas comunitarias, rifas y actividades para recaudar fondos. Según Bernardo, un grupo puede reunir entre 70 mil y 80 mil pesos para cubrir alimentación colectiva, transporte de apoyo, hospedajes improvisados y gastos personales, lo que representa un costo aproximado de 6 mil pesos por persona, ahorrado a lo largo del año.

Mientras descansan brevemente en acotamientos, como uno a la altura de San Martín Texmelucan, la autopista sigue su curso indiferente al fervor que avanza junto a ella. Estos peregrinos, sin reflectores ni multitudes que los aplaudan, encuentran en la fe la fuerza para sortear kilómetros de asfalto, frío y riesgo, renovando cada diciembre una tradición que mezcla devoción, sacrificio y comunidad.