
La intervención militar estadounidense en Venezuela, que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro, ha desatado un intenso debate sobre sus motivaciones profundas. Más allá del discurso público centrado en el narcoterrorismo y el petróleo, un análisis emergente, como el planteado por el profesor José Gabriel Palma, sugiere que el objetivo estratégico primordial es ejercer una presión decisiva sobre Cuba, para luego redefinir las áreas de influencia en el hemisferio occidental.
La lógica de esta interpretación se basa en la profunda interdependencia entre Caracas y La Habana. Durante años, Venezuela ha sido un sostén económico crucial para Cuba, suministrando petróleo a cambio de asesoramiento en seguridad y apoyo político. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, ha sido explícito al señalar que la caída de Maduro deja al descubierto el “papel central” de Cuba en el aparato de seguridad venezolano, afirmando que “Venezuela debe declarar su independencia de Cuba”. Rubio, conocido por su firme postura contra el gobierno cubano, ha sugerido que La Habana podría ser el próximo foco de presión de Washington.
El presidente Donald Trump añadió combustible a esta lectura al declarar, tras la captura de Maduro, que “Cuba está lista para caer” y que sus ingresos, provenientes del petróleo venezolano, se han agotado. El gobierno estadounidense ha confirmado que mantendrá el embargo al petróleo venezolano, bloqueando así una fuente vital de combustible para la isla. Estas acciones se enmarcan en un contexto donde Cuba enfrenta una severa crisis económica, agravada por las sanciones estadounidenses y que ha llevado a medidas como permitir transacciones en dólares para intentar estimular su economía.
El profesor Palma argumenta que esta dinámica es parte de una “nueva gran geopolítica” cuyo fin es dividir al mundo en áreas de influencia exclusiva para las grandes potencias. Desde esta perspectiva, la intervención en Venezuela no sería un hecho aislado, sino un paso para reafirmar el control estadounidense en lo que históricamente ha considerado su esfera de influencia, aplicando una “ley bruta del más fuerte” similar a la que, en su opinión, ejercen otras potencias en sus respectivas regiones.
Este análisis contrasta con la narrativa oficial estadounidense, que presenta la operación como una acción policial internacional contra un líder acusado y subraya el interés en reactivar la industria petrolera venezolana, la más grande del mundo en reservas pero devastada tras años de crisis. Sin embargo, para los defensores de esta tesis, el petróleo es un objetivo secundario o un medio, no el fin último, que radicaría en desestabilizar a un gobierno aliado clave para Cuba y enviar un mensaje de fuerza a toda la región.
La reacción cubana no se ha hecho esperar. El presidente Miguel Díaz-Canel condenó la intervención como un “criminal ataque” y un acto de “terrorismo de Estado” comparable, en su descripción, con acciones en Gaza, reafirmando la alianza con Venezuela. El éxito o fracaso de esta estrategia de presión máxima sobre Cuba a través de Venezuela dependerá de la capacidad de resistencia de la economía cubana y de la evolución del complejo escenario político venezolano en los próximos meses.
