
Los seguros han sido parte de mi vida laboral y personal durante ya un par de años y por esta razón hablo con conocimiento cuando digo que la mayoría de las empresas en Puebla y me atrevo a decir que en México, no cuentan con una protección correcta para tragedias como la que presenciamos el pasado miércoles en Iztapalapa.
Las imágenes de la explosión de la pipa de gas son un puñetazo en el estómago. Ver la fuerza de una onda expansiva, la devastación en segundos, es una tragedia que nos recuerda la fragilidad de la vida y de nuestro entorno. En medio del dolor por las vidas perdidas y la angustia de las familias afectadas, surge una pregunta que los dueños de negocios de alto riesgo no pueden evadir: ¿estaba esa empresa preparada para lo impensable? Y, sobre todo, ¿qué tan protegida estaba para asumir las consecuencias de un desastre de tal magnitud?
El transporte de materiales peligrosos como el gas no es un negocio como cualquier otro. Es una operación de alto riesgo inherente. Por más protocolos de seguridad que se sigan y por más experiencia que se tenga, siempre existe la posibilidad de que un factor externo, un error humano o una falla mecánica detone una catástrofe. En este tipo de negocios, no tener las pólizas de seguro correctas no es una simple omisión; es una apuesta irresponsable con el patrimonio de terceros.
Aquí es donde entran en juego dos herramientas financieras que son, en realidad, un pilar de la ética empresarial: el seguro de Responsabilidad Civil y el seguro de Riesgos Ambientales. El primero, el de Responsabilidad Civil, es la póliza que protege al negocio de los daños que sus operaciones causen a otras personas y propiedades. Es el seguro que cubre los costos de las casas calcinadas, los autos destruidos y, lo más importante, las indemnizaciones a las familias de las víctimas y los gastos médicos de los heridos. Es, en esencia, la herramienta que garantiza que la empresa cumplirá con su obligación legal y moral de reparar el daño causado.
Pero la responsabilidad no termina con la explosión. Una fuga de gas o una explosión masiva puede contaminar el suelo, el aire y los mantos acuíferos. Es aquí donde el seguro de Riesgos Ambientales se vuelve indispensable. Esta póliza especializada cubre los costos exorbitantes de la limpieza y remediación del daño ecológico, así como las posibles multas impuestas por las autoridades ambientales. Es un seguro que le dice a la sociedad que la empresa es consciente de su huella y está preparada para restaurar el entorno que ha sido dañado.
En mi experiencia, cuando los empresarios cotizan estas pólizas siempre recurren a la famosa frase de “la más barata, porque solo la quiero por el trámite”. Esta columna es una invitación a la reflexión de los empresarios a revisar las sumas aseguradas de sus pólizas.
La trágica explosión de esta semana es un doloroso recordatorio de que un negocio de alto riesgo debe estar diseñado para soportar no solo el éxito, sino también el fracaso en su forma más destructiva. Para los dueños de negocios que operan en este tipo de mercados, no hay excusa: los seguros no son un gasto innecesario, sino una inversión en la viabilidad a largo plazo de su negocio y en la tranquilidad de la comunidad en la que operan. La verdadera responsabilidad empresarial no se mide solo por las ganancias, sino por el compromiso de responder cuando todo se derrumba.
