
De Washoe a Tatu y Loulis, décadas de investigación desafían la idea de que solo los humanos pueden desarrollar formas complejas de comunicación, mientras nuevos estudios revelan sorprendentes capacidades combinatorias en primates salvajes
En una escena, una chimpancé levanta la mano, roza su frente con el dedo índice y, de pronto, el silencio humano se rompe en asombro. No se trata de un truco ni una casualidad: es lenguaje de señas. El momento ocurrió en Carignan, un suburbio de Montreal, y la protagonista es Tatu, una primate que, a sus casi cinco décadas de vida, sigue encendiendo una pregunta que la ciencia no ha logrado apagar: ¿pueden los chimpancés aprender a “hablar”?
La revista científica National Geographic retomó este debate al reunir algunos de los casos e investigaciones académicas más influyentes sobre la comunicación en primates. En el centro de ese reportaje están Tatu y Loulis, los dos últimos sobrevivientes de una generación de antropoides criados en experimentos iniciados en la década de 1960 para desafiar la idea de que el lenguaje es exclusivo de los humanos .
Hoy ambos viven en la Fundación Fauna, en Canadá, donde continúan utilizando el lenguaje de señas americano (ASL). Tatu domina 215 señas; Loulis, 78. Sus conversaciones cotidianas giran en torno a comida, juegos y rutinas. Cuando Tatu hace la seña de “negro”, su color favorito y sinónimo de “genial”, o dibuja en el aire el gesto de un helado, no solo expresa un deseo: revive una de las apuestas científicas más audaces del siglo XX .
Los experimentos que marcaron época
Durante siglos, lingüistas y científicos defendieron que solo los humanos poseían una gramática natural. En los años sesenta, el matrimonio de psicólogos Allen y Beatrix “Trixie” Gardner, de la Universidad de Nevada, Reno, decidió poner esa creencia a prueba. Si los chimpancés no podían articular palabras por limitaciones anatómicas, ¿podrían entonces aprender un idioma visual?
La historia comenzó en 1966 con Washoe, una cría de chimpancé adoptada por los Gardner. Criada en un entorno similar al de una niña humana, Washoe aprendió a usar el lenguaje de señas americano y desarrolló un vocabulario de 245 palabras antes de morir en 2007 en la Universidad Central de Washington. Su caso se convirtió en referencia obligada para quienes defendían que los simios podían adquirir elementos de un lenguaje humano .
Los Gardner repitieron sus experimentos con otros cuatro chimpancés: Moja, a quien le encantaba pintar; Dar, que disfrutaba llevando sombreros y examinando objetos mecánicos; Pili, un macho que murió de leucemia antes de cumplir los dos años; y Tatu. Finalmente, cedieron su trabajo a su antiguo estudiante de posgrado, Roger Fouts, y a su esposa Deborah .
El éxito inicial impulsó nuevos proyectos y también controversias. En la década de 1970, la gorila Koko y el chimpancé Nim Chimpsky acapararon titulares. Mientras Koko fascinaba al público, Nim fue presentado como la prueba de que un chimpancé podría compartir pensamientos complejos; sin embargo, más tarde su propio investigador, Herbert Terrace, concluyó que Nim respondía a estímulos y recompensas, haciendo los gestos para obtener recompensas sin comprender realmente lo que “decía”. El debate se intensificó: ¿imitación o entendimiento?
El hallazgo más impactante: enseñar sin humanos
Un capítulo inesperado lo escribió Loulis. Tras la muerte de una cría de Washoe, Loulis llegó al grupo y se convirtió en el primer chimpancé en aprender lenguaje de señas de otro chimpancé, sin intervención directa de humanos. Washoe moldeaba sus manos, como antes lo habían hecho con ella. El hallazgo fue impactante: no solo podían aprender señas, también podían enseñarlas .
A diferencia de otros proyectos, los chimpancés de los Gardner crecieron en entornos más lúdicos y estables. Tatu, nacida en cautiverio en 1975, mostró desde pequeña un carácter juguetón y comunicativo. El estudio original, desarrollado por los Gardner, estableció un método de inmersión total: los cuidadores solo usaban lenguaje de señas con los chimpancés, permitiendo que el proceso de adquisición se asemejara al aprendizaje natural infantil .
Nuevas investigaciones: vocalizaciones complejas en libertad
Mientras tanto, la investigación ha cambiado de rumbo. Un estudio publicado en Science Advances por el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva y el Centro de Investigación en Neurociencia de Lyon reveló que los chimpancés salvajes combinan sus vocalizaciones con una complejidad antes insospechada .
Durante años, científicos observaron y grabaron a tres comunidades de chimpancés salvajes en el Parque Nacional de Taï, en Costa de Marfil. Analizaron más de 9.000 vocalizaciones de 53 chimpancés, identificando 12 tipos de llamadas individuales que podían ser combinadas en al menos 16 formas diferentes .
El análisis reveló que los chimpancés utilizan cuatro mecanismos distintos para expandir el significado de sus llamados:
- Combinaciones idiomáticas no compositivas: La combinación genera un nuevo significado, diferente al de las vocalizaciones individuales, de forma análoga a los modismos en el lenguaje humano.
- Combinaciones compositivas con modificación: Una llamada modifica ligeramente el significado de la otra, funcionando como lo haría un adjetivo o adverbio dentro de una oración.
- Combinaciones compositivas con conservación de significado: El bigrama conserva el sentido de ambas unidades, una “suma de significados” útil para comunicar eventos simultáneos.
- Efecto de ordenación: Alterar el orden de las llamadas también cambia el significado resultante, lo que constituye una señal incipiente de reglas sintácticas .
Estas combinaciones no eran aleatorias: al unir dos sonidos distintos, los chimpancés modificaban o expandían el significado de sus llamadas. Algunas combinaciones eran composicionales, sumando el significado de ambos elementos (como “alimentación + descanso”); otras eran idiomáticas, generando nuevos mensajes imposibles de descifrar solo a partir de sus partes (como “descanso + afiliación” resultando en “anidamiento”) .
Este tipo de estructura comunicativa se asemeja notablemente a cómo los humanos construyen frases con sintaxis. En nuestro idioma, no solo importa qué decimos, sino cómo lo ordenamos .
“Nuestros resultados apuntan a un sistema de comunicación vocal altamente generativo, sin precedentes en el reino animal, y se alinean con estudios recientes en bonobos que sugieren la existencia de capacidades combinatorias complejas en el ancestro común de humanos y estas dos especies de grandes simios”, afirma Cédric Girard-Buttoz, primer autor del estudio .
Implicaciones evolutivas
El hallazgo no es solo una curiosidad etológica. Tiene profundas implicaciones evolutivas. Si los chimpancés –y como ya se ha observado, también los bonobos– pueden combinar sonidos para expresar ideas complejas, eso sugiere que el antepasado común que compartimos con ellos ya tenía capacidades combinatorias sofisticadas hace 6 o 7 millones de años .
Catherine Crockford, autora sénior del estudio, pone el acento en la necesidad de reformular nuestras preguntas sobre el lenguaje: “Si combinamos sonidos para formar significados complejos, y los chimpancés también, ¿hasta qué punto es realmente única nuestra capacidad lingüística? Tal vez debamos hablar menos de lo que nos separa, y más de lo que aún compartimos” .
Roman Wittig, coautor y director del Proyecto Chimpancé Taï, subraya la urgencia de preservar a estas comunidades: “Documentar las vocalizaciones de los chimpancés a lo largo de varios años en su hábitat natural es fundamental para comprender la totalidad de sus capacidades comunicativas, una tarea cada vez más compleja debido a las crecientes amenazas humanas a sus poblaciones salvajes” .
El dilema ético: ciencia con costo
Pero el entusiasmo científico tuvo un costo. Los chimpancés utilizados en investigaciones pasaron su vida en cautiverio y nunca podrán regresar a su hábitat natural en África occidental y central. Reintroducirlos sería inviable: carecen de habilidades de supervivencia y podrían ser rechazados violentamente por otros grupos .
Es poco probable que Tatu y Loulis sean conscientes de que fueron el centro de una investigación científica revolucionaria, o de las complejas cuestiones éticas que esta planteaba. Si bien los experimentos con el lenguaje de signos enseñaron a los investigadores mucho sobre cómo los humanos desarrollamos nuestras habilidades de comunicación, ese conocimiento tuvo un costo para los sujetos de la investigación .
Con el tiempo, algunos de los propios investigadores comenzaron a cuestionar la moralidad de estos estudios. Roger Fouts, tras visitar junto a Jane Goodall un centro biomédico donde chimpancés eran usados en investigaciones sobre VIH, expresó públicamente su rechazo a las condiciones de encierro que presenció. Aquella experiencia impulsó un movimiento que contribuyó a prohibiciones progresivas de la investigación biomédica con chimpancés en Estados Unidos .
Según datos citados en el reportaje, aunque muchos chimpancés han sido trasladados a santuarios, todavía quedan individuos en centros de investigación, zoológicos o instalaciones no acreditadas. El debate ya no es solo lingüístico, sino ético: si estos animales poseen capacidades cognitivas complejas, ¿qué responsabilidades implica reconocerlo?
En la actualidad, la investigación con grandes simios ha dejado de realizarse en prácticamente todo el mundo. La Directiva 2010/63/EU de la Unión Europea establece una regla general de prohibición del uso de primates, admitiendo casos excepcionales, y en la práctica no se realizan experimentos con grandes simios en Europa desde el año 2004. Estados Unidos y Japón también han dejado atrás la utilización de grandes simios para investigación biomédica invasiva .
Estudios recientes compararon resonancias magnéticas de cerebros humanos y de chimpancés, identificando estructuras neuronales compartidas relacionadas con el lenguaje, como el fascículo arqueado, aunque menos desarrollado en los simios .
¿Qué nos dicen realmente?
Llamarlo “lenguaje” en el sentido humano puede ser exagerado, admiten los expertos. Aunque los chimpancés demostraron comunicación simbólica, los estudios identificaron limitaciones: las combinaciones de signos carecían de una estructura gramatical compleja y no surgió una construcción sofisticada de frases equiparable a la de un niño pequeño, sino más bien series de palabras clave adaptadas al contexto inmediato .
El caso de Nim Chimpsky es central en este debate. El análisis detallado mostró que las combinaciones de signos se basaban en la imitación o repetición, y no en la generación espontánea de nuevos significados. Se replicaban a menudo las acciones o expectativas de los cuidadores, en vez de indicar una iniciativa comunicativa independiente .
A esto se suma la preocupación por el antropomorfismo: atribuir características o intenciones humanas a los animales puede ser problemático en el ámbito científico porque distorsiona la interpretación de las conductas y puede conducir a conclusiones sesgadas sobre las capacidades reales de los chimpancés .
No obstante, la idea de que los chimpancés carecen de vida interior ha perdido fuerza. Declaraciones científicas recientes sostienen que existe respaldo suficiente para considerar que muchos animales tienen experiencias conscientes, lo que obliga a repensar decisiones que afectan su bienestar .
Miquel Llorente, primatólogo de la Universidad de Girona, opina que los estudios recientes obligan a mirar otra vez una línea de investigación que había quedado “un poco en el cajón”: “Quizás es conveniente volver a ver de qué forma los chimpancés utilizan estas llamadas que nos pueden ayudar a entender mejor de qué forma el ser humano ha acabado comunicándose de la forma en la que lo hace” .
En la Fundación Fauna, Tatu y Loulis pasan sus días lejos de laboratorios y reflectores. No saben que fueron protagonistas de un debate histórico ni que su vida cambió leyes y mentalidades. Cuando Tatu saluda a los visitantes y pide un helado con sus manos, no intenta demostrar nada, pero en ese gesto sencillo persiste la pregunta que aún divide a la ciencia: si no hablan como nosotros, ¿significa eso que no tienen nada que decir?
Quizá la lección más profunda no sea si los chimpancés pueden “hablar” en términos humanos, sino si estamos dispuestos a escuchar lo que su manera de comunicarse revela sobre ellos… y sobre nosotros mismos .
