Frente a la costa de South Beach, un inusual atasco de tráfico se ha convertido en la punta de lanza de un proyecto pionero que fusiona arte contemporáneo, ciencia marina y acción climática. Se trata de ‘Reefline’, un parque de esculturas submarinas de 7 millas (11 kilómetros) de extensión cuyo primer despliegue consiste en 22 automóviles de hormigón de calidad marina sumergidos en el lecho oceánico para regenerar los corales y la biodiversidad local.

El proyecto, concebido por la gestora cultural argentina Ximena Caminos y con un plan maestro desarrollado por el estudio de arquitectura OMA, dirige un ambicioso esfuerzo para restaurar un tramo del Florida Reef Tract, el tercer sistema de arrecifes más grande del mundo. La instalación inicial, titulada ‘Concrete Coral’, es obra del reconocido artista argentino Leandro Erlich y se encuentra a unos 800 pies (240 metros) de la orilla y a 20 pies (6 metros) de profundidad.

De símbolo de contaminación a herramienta de regeneración

La elección del automóvil como elemento central de la primera fase es profundamente simbólica. “En tierra, los vehículos son una fuente de contaminación, pero sumergidos en el agua… pueden ayudar a atraer corales”, señaló Caminos, quien concibe el proyecto como una poderosa metáfora de transformación ambiental. Erlich, conocido por sus ilusiones ópticas, describe la obra como “una civilización sumergida del pasado” que invita a reflexionar sobre el impacto humano.

Más allá de la metáfora, la estructura de los vehículos ofrece una superficie tridimensional ideal para que se adhiera la vida marina. Fabricados con hormigón ecológico de pH neutro, los automóviles están diseñados específicamente para favorecer la colonización de corales y otras especies. Este enfoque convierte el arte en una infraestructura ecológica funcional, parte de una tendencia global que utiliza esculturas submarinas como arrecifes artificiales para combatir la degradación de los ecosistemas marinos.

Un laboratorio vivo: ciencia y comunidad

El componente científico de Reefline es tan crucial como el artístico. En un laboratorio de coral ubicado en el vecindario Allapattah de Miami, el biólogo marino Colin Foord y su equipo de Coral Morphologic cultivan cuidadosamente más de 2,200 corales blandos nativos. Estos corales, cultivados a partir de supervivientes de la devastadora ola de calor marino de 2023, están siendo injertados gradualmente en los vehículos sumergidos, donde se espera que formen un “bosque” marino en un plazo de tres a cinco años.

El proyecto fomenta activamente la participación ciudadana. Ofrece programas educativos mensuales en un centro de aprendizaje marino flotante, donde voluntarios pueden plantar corales junto a científicos. La visita al sitio es accesible mediante snorkel, buceo, kayak o paddleboards eléctricos, promoviendo un ecoturismo responsable.

Una visión a largo plazo y alcance global

Reefline es un proyecto a escala decenal. La fase inicial, ya instalada, será seguida en 2026 por nuevas obras:

  • ‘The Miami Reef Star’, de Carlos Betancourt y Alberto Latorre: una constelación de módulos en forma de estrella.
  • ‘Heart of Okeanos’, de Petroc Sesti: una escultura monumental con forma del corazón de una ballena azul.

Completar los 11 kilómetros planificados requiere una inversión estimada de 40 millones de dólares. Hasta la fecha, el proyecto ha recaudado aproximadamente 6 millones, incluyendo 5 millones aprobados por votación ciudadana a través de un bono de cultura de Miami Beach, y cuenta con el apoyo de fundaciones y figuras como Gloria y Emilio Estefan.

El alcalde de Miami Beach, Steven Meiner, ve en Reefline un “modelo global” que otras ciudades costeras podrían replicar. De hecho, los impulsores ya han recibido invitaciones para estudiar su implementación en lugares como Dubái y Maldivas. A través de iniciativas como el ‘Blue Arts Award’, un premio internacional que financiará nuevas esculturas-arrecife, el equipo busca inspirar acciones similares en todo el mundo.

Con este innovador enfoque, Reefline demuestra que el arte público puede trascender la contemplación para convertirse en un acto tangible de conservación, ofreciendo un rayo de esperanza en la lucha por proteger y restaurar los frágiles ecosistemas oceánicos.