
¿Existirá un sistema político ideal para la preservación de la naturaleza? ¿Deberíamos volver a nuestras antiguas costumbres, antes de lo antrópico de la vida actual, y vivir entre los saberes y tradiciones de las comunidades que alguna vez supieron respetar la naturaleza? Sinceramente, creo que sí. Hemos perdido demasiadas oportunidades de redención para el planeta y quizá debamos perder también algunas comodidades del capitalismo en que vivimos. Pero, ante este pensamiento que suena utópico y, para algunos, inevitablemente hippie, hay que volver a la realidad y pensar en nuestros sistemas de gobernanza.
Una vez más, la COP30, celebrada en Belém, Brasil, nos recuerda que las soluciones ya existen, solo falta aplicarlas con urgencia. Lo dijo el propio Secretario General de la ONU. Y entonces me pregunto: después de tantas y tantas conferencias, ¿sabemos realmente qué país ha avanzado más en atender la crisis climática? Porque los esfuerzos globales seguirán siendo insuficientes mientras Estados Unidos y China, los mayores emisores del planeta, sigan atrapados en una visión de consumo.
Tampoco es una coincidencia que ante una infinidad de acciones y estrategias, hoy, la sede de este evento sea un país altamente lleno de conocimiento tradicional, saberes de comunidades que han respetado la naturaleza, con más de 400 comunidades indígenas y un sin fin de riqueza natural. Es, quizás, una señal de que el camino no es inventar nuevas políticas, sino regresar al respeto, a entender la otredad del medio ambiente y basar la política pública en escuchar e integrar a la gente.
Pero bien, ante mis ideas un poco utópicas sobre en qué modelo de gobernanza debería recaer la mejora del entorno natural, basémonos en la evidencia. Existen diversos estudios que muestran el avance de cada país, uno particularmente interesante, y que se emite cada ocasión que se celebra las COP, es el Índice de Desempeño ante el Cambio Climático (CCPI, por sus siglas en inglés), que mide cuatro variables: Emisiones de GEI (Gases de Efecto Invernadero), Energías Renovables, Uso de Energía y Política Climática. Este indicador analiza el desempeño climático de 63 países más los que comprenden la Unión Europea, los cuales representan más del 90% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.
Su más reciente edición (2025), saldrá una nueva este 18 de noviembre, muestra que los países mejor calificados son India, Marruecos, Chile, Nigeria, Tailandia, Suecia, Reino Unido y Dinamarca. En el otro extremo aparecen Argentina, China, Estados Unidos, Irán y Arabia Saudita, grandes productores de petróleo y carbono. El caso argentino sorprende: una democracia que, bajo un liderazgo negacionista, ha decidido borrar la expresión “cambio climático” de los documentos oficiales.
Y aquí está el punto: la mayoría de los países, tanto los más comprometidos como los más rezagados, comparten algo: el sistema democrático. Y, sin embargo, los resultados son opuestos. Entonces, ¿es la democracia el sistema político ideal para atender los problemas ambientales? Probablemente no; en mi opinión, las democracias también pueden ser cómodas, delegando el poder de decisión y cambio, simbólicamente, a una autoridad. Así, el poder del cambio en el ciudadano suele dejarse de lado, y podemos verlo no sólo en el ámbito ambiental, sino en muchas otras aristas.
En este sentido, parece claro que ningún sistema político garantizaría la salvación, y que en lo micro, comunidades, municipios, pueblos y colectivos, se están gestando pequeñas democracias ambientales que sí funcionan: donde la participación es genuina, el compromiso real y la esperanza colectiva. Así que quizá no se trata del sistema, sino de la conciencia que cada uno pueda permear en su entorno, de la capacidad de cada persona para hacer algo, exigir algo, cambiar algo. Estoy seguro que si me lees, puedes generar un cambio en tu mini democracia.
