Esta semana, la sopa en lata que nos salva a las mamás en apuros, la Campbell’s, tuvo un problema grave de relaciones públicas, cuando un ex empleado volvió virales grabaciones donde el Vicepresidente de TI hacía fuertes declaraciones sobre esta marca, sus compradores, empleados y hasta sus condiciones laborales.
Cuando estalla un escándalo corporativo, la reacción estándar es siempre la misma: identificar al culpable, emitir un comunicado de prensa condenando sus palabras y firmar su carta de despido. Campbell’s siguió este guión al pie de la letra esta semana tras filtrarse los audios de Martin Bally, su ahora ex Vicepresidente de TI. Pero al centrarse en el individuo, corremos el riesgo de ignorar la verdadera crisis: la cultura organizacional que lo permitió.
Bally no era un empleado de nivel de entrada que tuvo un mal día. Era un alto ejecutivo, un líder. En las grabaciones, no sólo despreció el producto llamándolo “comida para gente pobre”, sino que lanzó comentarios racistas deplorables sobre sus propios colegas de origen indio, refiriéndose a ellos como “intocables” y sugiriendo que “huelen a curry”.
Aquí es donde el departamento de Recursos Humanos y la Junta Directiva deben mirarse al espejo. La pregunta incómoda no es por qué Bally dijo eso, sino: ¿Cómo llegó alguien así a la vicepresidencia?
El comportamiento tóxico, el clasismo y el racismo rara vez aparecen de la noche a la mañana. Son patrones. Para que un ejecutivo se sienta lo suficientemente cómodo como para decir esas barbaridades en voz alta —incluso en lo que él creía que era un entorno privado—, generalmente ha operado en un ecosistema que normaliza, ignora o, peor aún, recompensa la arrogancia por encima de la empatía.
El caso se vuelve más turbio cuando consideramos que la grabación provino de Robert Garza, un exgerente que demandó a la empresa alegando represalias por denunciar justamente este tipo de comportamientos. Si se necesita una demanda y una filtración a la prensa para que una empresa actúe contra el racismo explícito de un directivo, entonces los “valores corporativos” colgados en la pared del lobby no son más que decoración.
El despido de Bally soluciona el problema de relaciones públicas inmediato, pero no el estructural. Campbell’s, y muchas otras corporaciones, enfrentan el desafío de la desconexión entre la cúpula y la base. Cuando los líderes ven a sus clientes con desdén y a sus empleados diversos con prejuicios coloniales, la empresa pierde su brújula moral.
Este escándalo es un recordatorio brutal para los departamentos de Recursos Humanos de todo el mundo: las competencias técnicas y los resultados financieros son importantes, pero el carácter lo es todo. Puedes retirar una sopa del mercado si los ingredientes están mal, pero sanear una cultura corporativa contaminada por la intolerancia requiere mucho más que un comunicado de prensa; requiere una limpieza profunda de la que, a menudo, nadie quiere hablar.